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HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI: Habana, Cuba

VIAJE APOSTÓLICO A MÉXICO Y A LA REPÚBLICA DE CUBA
(23-29 DE MARZO DE 2012)

SANTA MISA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Plaza de la Revolución José Martí, La Habana
Miércoles 28 de marzo de 2012

[Vídeo]
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Queridos hermanos y hermanas:

«Bendito eres, Señor Dios…, bendito tu nombre santo y glorioso» (Dn 3,52). Este himno de bendición del libro de Daniel resuena hoy en nuestra liturgia invitándonos reiteradamente a bendecir y alabar a Dios. Somos parte de la multitud de ese coro que celebra al Señor sin cesar. Nos unimos a este concierto de acción de gracias, y ofrecemos nuestra voz alegre y confiada, que busca cimentar en el amor y la verdad el camino de la fe.

«Bendito sea Dios» que nos reúne en esta emblemática plaza, para que ahondemos más profundamente en su vida. Siento una gran alegría de encontrarme hoy entre ustedes y presidir esta Santa Misa en el corazón de este Año jubilar dedicado a la Virgen de la Caridad del Cobre.

Saludo cordialmente al Cardenal Jaime Ortega y Alamino, Arzobispo de La Habana, y le agradezco las corteses palabras que me ha dirigido en nombre de todos. Extiendo mi saludo a los Señores Cardenales, a mis hermanos Obispos de Cuba y de otros países, que han querido participar en esta solemne celebración. Saludo también a los sacerdotes, seminaristas, religiosos y a todos los fieles aquí congregados, así como a las Autoridades que nos acompañan.

En la primera lectura proclamada, los tres jóvenes, perseguidos por el soberano babilonio, prefieren afrontar la muerte abrasados por el fuego antes que traicionar su conciencia y su fe. Ellos encontraron la fuerza de «alabar, glorificar y bendecir a Dios» en la convicción de que el Señor del cosmos y la historia no los abandonaría a la muerte y a la nada. En efecto, Dios nunca abandona a sus hijos, nunca los olvida. Él está por encima de nosotros y es capaz de salvarnos con su poder. Al mismo tiempo, es cercano a su pueblo y, por su Hijo Jesucristo, ha deseado poner su morada entre nosotros.

«Si os mantenéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Jn 8,31). En este texto del Evangelio que se ha proclamado, Jesús se revela como el Hijo de Dios Padre, el Salvador, el único que puede mostrar la verdad y dar la genuina libertad. Su enseñanza provoca resistencia e inquietud entre sus interlocutores, y Él los acusa de buscar su muerte, aludiendo al supremo sacrificio en la cruz, ya cercano. Aun así, los conmina a creer, a mantener la Palabra, para conocer la verdad que redime y dignifica.

En efecto, la verdad es un anhelo del ser humano, y buscarla siempre supone un ejercicio de auténtica libertad. Muchos, sin embargo, prefieren los atajos e intentan eludir esta tarea. Algunos, como Poncio Pilato, ironizan con la posibilidad de poder conocer la verdad (cf. Jn 18, 38), proclamando la incapacidad del hombre para alcanzarla o negando que exista una verdad para todos. Esta actitud, como en el caso del escepticismo y el relativismo, produce un cambio en el corazón, haciéndolos fríos, vacilantes, distantes de los demás y encerrados en sí mismos. Personas que se lavan las manos como el gobernador romano y dejan correr el agua de la historia sin comprometerse.

Por otra parte, hay otros que interpretan mal esta búsqueda de la verdad, llevándolos a la irracionalidad y al fanatismo, encerrándose en «su verdad» e intentando imponerla a los demás. Son como aquellos legalistas obcecados que, al ver a Jesús golpeado y sangrante, gritan enfurecidos: «¡Crucifícalo!» (cf. Jn 19, 6). Sin embargo, quien actúa irracionalmente no puede llegar a ser discípulo de Jesús. Fe y razón son necesarias y complementarias en la búsqueda de la verdad. Dios creó al hombre con una innata vocación a la verdad y para esto lo dotó de razón. No es ciertamente la irracionalidad, sino el afán de verdad, lo que promueve la fe cristiana. Todo ser humano ha de indagar la verdad y optar por ella cuando la encuentra, aun a riesgo de afrontar sacrificios.

Además, la verdad sobre el hombre es un presupuesto ineludible para alcanzar la libertad, pues en ella descubrimos los fundamentos de una ética con la que todos pueden confrontarse, y que contiene formulaciones claras y precisas sobre la vida y la muerte, los deberes y los derechos, el matrimonio, la familia y la sociedad, en definitiva, sobre la dignidad inviolable del ser humano. Este patrimonio ético es lo que puede acercar a todas las culturas, pueblos y religiones, las autoridades y los ciudadanos, y a los ciudadanos entre sí, a los creyentes en Cristo con quienes no creen en él.

El cristianismo, al resaltar los valores que sustentan la ética, no impone, sino que propone la invitación de Cristo a conocer la verdad que hace libres. El creyente está llamado a ofrecerla a sus contemporáneos, como lo hizo el Señor, incluso ante el sombrío presagio del rechazo y de la cruz. El encuentro personal con quien es la verdad en persona nos impulsa a compartir este tesoro con los demás, especialmente con el testimonio.

Queridos amigos, no vacilen en seguir a Jesucristo. En él hallamos la verdad sobre Dios y sobre el hombre. Él nos ayuda a derrotar nuestros egoísmos, a salir de nuestras ambiciones y a vencer lo que nos oprime. El que obra el mal, el que comete pecado, es esclavo del pecado y nunca alcanzará la libertad (cf. Jn 8,34). Sólo renunciando al odio y a nuestro corazón duro y ciego seremos libres, y una vida nueva brotará en nosotros.

Convencido de que Cristo es la verdadera medida del hombre, y sabiendo que en él se encuentra la fuerza necesaria para afrontar toda prueba, deseo anunciarles abiertamente al Señor Jesús como Camino, Verdad y Vida. En él todos hallarán la plena libertad, la luz para entender con hondura la realidad y transformarla con el poder renovador del amor.

La Iglesia vive para hacer partícipes a los demás de lo único que ella tiene, y que no es sino Cristo, esperanza de la gloria (cf. Col 1,27). Para poder ejercer esta tarea, ha de contar con la esencial libertad religiosa, que consiste en poder proclamar y celebrar la fe también públicamente, llevando el mensaje de amor, reconciliación y paz que Jesús trajo al mundo. Es de reconocer con alegría que en Cuba se han ido dando pasos para que la Iglesia lleve a cabo su misión insoslayable de expresar pública y abiertamente su fe. Sin embargo, es preciso seguir adelante, y deseo animar a las instancias gubernamentales de la Nación a reforzar lo ya alcanzado y a avanzar por este camino de genuino servicio al bien común de toda la sociedad cubana.

El derecho a la libertad religiosa, tanto en su dimensión individual como comunitaria, manifiesta la unidad de la persona humana, que es ciudadano y creyente a la vez. Legitima también que los creyentes ofrezcan una contribución a la edificación de la sociedad. Su refuerzo consolida la convivencia, alimenta la esperanza en un mundo mejor, crea condiciones propicias para la paz y el desarrollo armónico, al mismo tiempo que establece bases firmes para afianzar los derechos de las generaciones futuras.

Cuando la Iglesia pone de relieve este derecho, no está reclamando privilegio alguno. Pretende sólo ser fiel al mandato de su divino fundador, consciente de que donde Cristo se hace presente, el hombre crece en humanidad y encuentra su consistencia. Por eso, ella busca dar este testimonio en su predicación y enseñanza, tanto en la catequesis como en ámbitos escolares y universitarios. Es de esperar que pronto llegue aquí también el momento de que la Iglesia pueda llevar a los campos del saber los beneficios de la misión que su Señor le encomendó y que nunca puede descuidar.

Ejemplo preclaro de esta labor fue el insigne sacerdote Félix Varela, educador y maestro, hijo ilustre de esta ciudad de La Habana, que ha pasado a la historia de Cuba como el primero que enseñó a pensar a su pueblo. El Padre Varela nos presenta el camino para una verdadera transformación social: formar hombres virtuosos para forjar una nación digna y libre, ya que esta trasformación dependerá de la vida espiritual del hombre, pues «no hay patria sin virtud» (Cartas a Elpidio, carta sexta, Madrid 1836, 220). Cuba y el mundo necesitan cambios, pero éstos se darán sólo si cada uno está en condiciones de preguntarse por la verdad y se decide a tomar el camino del amor, sembrando reconciliación y fraternidad.

Invocando la materna protección de María Santísima, pidamos que cada vez que participemos en la Eucaristía nos hagamos también testigos de la caridad, que responde al mal con el bien (cf. Rm 12,21), ofreciéndonos como hostia viva a quien amorosamente se entregó por nosotros. Caminemos a la luz de Cristo, que es el que puede destruir la tiniebla del error. Supliquémosle que, con el valor y la reciedumbre de los santos, lleguemos a dar una respuesta libre, generosa y coherente a Dios, sin miedos ni rencores.

Amen.

VESTICIÓN DE LA VIRGEN – HOMILIA – José Francisco Ulloa Rojas, Obispo de Cartago

Vesticion de la Virgen

VESTICIÓN DE LA VIRGEN

Primero de agosto 2011
María Madre del amor hermoso, Madre del amor puro
Sentido cristiano del vestido

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HOMILIA

Como todos los años celebramos la vestición de la Imagen de Nuestra Señora de los Ángeles. Hoy, proclamamos a Maria como “Madre del amor hermoso”, evocamos en ella el esplendor y la santidad de Dios “fuente de toda belleza”. En esta evocación nos referimos a la belleza espiritual de la Virgen, a ese retrato de una alma, llena de gracia que está revestida de la gloria del Hijo y adornada de todas las virtudes; Ella amó a Dios y al hijo del modo más puro. Por ello, Ella es espejo de perfección humana.
Celebramos a María como modelo de pureza, de castidad y de pudor, como imagen nunca empañada de su hermosura, como vidriera que el Espíritu Santo traspasó y a través de la cual llega hasta nosotros.
“La Madre del amor hermoso nos lleva a considerar María santa en su cuerpo, bella en el espíritu, clarísima en la inteligencia, perfecta en los sentidos, firme en sus propósitos, excelente y llena de virtudes”(San Efrén). Por eso el título más hermoso es “llena de gracia” que le dio el Arcángel Gabriel.
La belleza espiritual de María es vital y comprometedora para nosotros los cristianos, dado que ella es modelo de vida cristiana a seguir. María se nos presenta como la mujer ideal en contraposición a Eva que le falló a Dios. María está vestida de la gracia y de la belleza de Dios, que perdió Eva al pecar. El vestido que le ponemos hoy a Nuestra Señora es símbolo del vestido que debemos usar nosotros como hijos de Dios, no el vestido del pecado que nos heredó la madre de todos los vivientes, Eva.
Nuestros primeros padres antes de ser pecadores, eran santos en el alma y en el cuerpo, porque eran imágenes de Dios, porque estaban revestidos de su belleza; pero una vez degradados por el pecado, sus sentidos se rebelan contra su voluntad, experimentan la vergüenza de la desnudez y el Señor Dios les vistió su cuerpo y los arrojó fuera del paraíso. El hombre y la mujer al rebelarse contra Dios, se vieron despojados del vestido de la gracia y la belleza sobrenatural que hasta entonces les vestía. De este modo, la pérdida del vestido de la gloria divina pone de manifiesto no una naturaleza humana desvestida, sino una naturaleza humana despojada del vestido divino de la gracia de Dios.
Entonces podríamos afirmar que el vestido que Dios coloca al hombre después del pecado, es un recordatorio de su condición de pecador, que los averguenza, pero al mismo tiempo es un deseo profundo por recobrar la primera dignidad perdida, es un intento permanente de recuperar aquella nobleza que vivió antes de cometer el error en el paraíso. Este deseo profundo que añoraba el hombre y la mujer solo lo puede satisfacer Dios y lo hace enviando a su Hijo Jesucristo para devolver a la humanidad la dignidad perdida. La primera criatura favorecida es María, la Madre del Hijo de Dios, de quien tomó el cuerpo humano.
Por eso, los cristianos desde el principio toman conciencia de la gran dignidad y respeto por la persona y buscan cubrir el cuerpo humano y reprueban la desnudez; para recobrar la dignidad primera es decir la gracia, hay que revestirse con el hábito glorioso de las virtudes cristianas y para salvaguardar la intimidad y la dignidad human se ha de observar el pudor. San Pablo nos dice: “cuantos en Cristo han sido bautizados, se ha revestido de Cristo” (Gal 3,27). En el sacramento del Bautismo se recuerda este sentido espiritual del vestido, cuando el sacerdote impone una vestidura blanca al recién bautizado le dice: “eres ya nueva criatura y has sido revestido de Cristo. Esta vestidura blanca sea signo de tu dignidad de cristiano. Ayudado por la palabra y el ejemplo de los tuyos, consérvala sin mancha hasta la vida eterna”.
Los apóstoles Pedro y Pablo, recomendaban a los cristianos la forma de vestir acorde a su fe: “Que el adorno de ustedes no consista en cosas externas: peinados rebuscados, joyas de oro, trajes elegantes; sino en lo íntimo y oculto: en la modestia y serenidad de un espíritu incorruptible. Eso es lo que tiene valor a los ojos de Dios. Así se adornaban en otros tiempos las santas mujeres que esperaban en Dios”.(1Pe 3,3-5). “Asimismo que las mujeres se arreglen decentemente, se adornen con modestia y pudor, no con peinados rebuscados, con oro y perlas, con vestidos lujosos, sino con buenas obras, como corresponde a mujeres que se profesan religiosas” (1Tim 2, 9-10). Esta ha sido la tradición de la Iglesia. El vestido ha de expresar el pudor, la naturalidad, la sobriedad, el recato y la dignidad de los miembros de Cristo.
Está claro que es la fe la que revela a los cristianos la dignidad de su propio cuerpo y la belleza del pudor y de la castidad. Lo que hizo conocer a los cristianos la dignidad sagrada de sus cuerpos fue, sin duda la conciencia de ser miembros de Cristo y por eso mismo templos del Espíritu Santo y morada de la Santísima Trinidad.
Por estos motivos, millones de cristianos y cristianas han consagrado su virginidad y su castidad a Dios en Jesucristo, mediante la vivencia de una vida pura, sea en alguna congregación religiosa o como virgen viviendo en su ambiente de familia y trabajo, como las vírgenes que se ha consagrado recientemente y otras en formación. También, hay muchos jóvenes que se esfuerzan por vivir estos valores. La Iglesia en su espiritualidad, siguiendo la enseñanza del Evangelio de Jesús, ha defendido y ha desarrollado siempre el pudor, la castidad y la virginidad como valores fundamentales para la dignificación de la persona y lo seguirá haciendo
. Hoy se está apreciando mucho el valor de la castidad y se busca como promover el pudor en medio de un mundo afeado por el erotismo y la pornografía que está enfermando y ensuciando muchas mentes y dejando vacíos a muchos corazones del verdadero y auténtico amor. Podemos afirmar que cuando falta el pudor en una persona, se deshumaniza, porque pierde su intimidad y su individualidad personal y tiene el riesgo de ser tratada como una cosa, es el caso de la publicidad, sobre todo cuando se refiere a la mujer. Se ha de tener muy claro que la persona no es sólo sexo, ella es persona integral y el sexo le pertenece como un don, que tiene que manejarlo en la dimensión del amor, de la fidelidad y de la fecundidad. En este sentido, la virtud de la castidad y su salvaguarda el pudor no es un “NO” a los placeres y a la alegría de la vida, sino el gran “SI” al amor como comunicación profunda entre las personas, que exige tiempo y respeto para disfrutar el amor que hace felices a las personas, según el plan de Dios como nos lo enseña la Virgen María, Madre del amor hermoso.
La falta de pudor en el mundo produce vanidad enfermiza, desequilibrios y complejos y hasta vicios y adicciones difíciles de superar. El que no tiene pudor es incapaz de amar verdaderamente l, porque está vacío por dentro y no puede entregar nada.
Hoy la Santísima Virgen nos invita a desvestirnos de todos aquellos vestidos que afean nuestro cuerpo por falta de pudor y nos llevan al pecado, a que nos revestamos del vestido blanco que recibimos en el Bautismo, el vestido de la gracia y de la belleza de Dios.
Pidámosle a María que el vestidito puro, sencillo y digno que le vamos a colocar y todos los demás vestidos que hemos traído y que junto con el de la Virgen bendeciremos, al llevarlos a casa, nos contagie de su gracia, de su belleza y sepamos respetar nuestra dignidad y la de los demás como hijos de Dios e hijos de María.

+Mons. José Francisco Ulloa Rojas, Obispo de Cartago.

++I support the Bishop of Cartago, (Obispo de Cartago), Mons. José Francisco Ulloa Rojas. … Listen to him, and give your assent. Pray to understand and pray to believe, when you may not understand or believe. He speaks Truth to Modern Culture in his Diocese, that he sees is ruining people and their families and nation. He hears enough Confessions, to know what Cartago, Costa Rica’s spiritual and temporal needs are. Listen to him.